
EL LUGAR
Resido en Madrid desde el año 2001. Poco interesa decir la razón. Sentado, en un bar de la Plaza Mayor, he terminado de leer una carta que llegó de Buenos Aires. Es anónima. Lo extraño es ¿quién sabe lo que yo sentía? Las palabras me derrumbaron. No tengo fuerzas para levantarme y regresar a mi casa en la Puerta del Sol. Soy como la piedra de una estatua. Necesito cerrar los ojos y pensar.
Hay un lugar distinto. Ese lugar es único. Pertenece a mi mundo atormentado.
Los que me conocieron han expresado con desparpajo que mi personalidad se ensamblaría a la perfección con la frialdad y el hermetismo.
Soy solitario, me aburren las conversaciones frugales en las reuniones que participo. Detesto la necesidad de decir algo para no guardar silencio, fingiendo que soy extrovertido. ¿Por qué siempre hay que decir algo? Las mujeres, en encuentros confidentes, siempre esperan que uno continúe una charla sin inteligencia. ¿Hay que contaminar el aire con imbecilidades? Quiero ir a una fiesta con muchos invitados en la que nadie emita una sóla palabra. Ninguna. Sin alterar el silencio les aseguro que la comunicación sería perfecta .
No niego el culto al yo y soy propenso a caer en un egocentrismo artístico. Lo realmente importante en mi vida es el lugar. No me importa otra historia. ¿Soy un egoísta por eso?
Insisto , no soporto las charlas. En reiteradas ocasiones me ha pasado estar contando a una persona un hecho trascendental, desbordando pasión, (yo mismo hubiera querido que me relataran tales historias); y del otro lado: los ojos embusteros que miran sin ver, los oídos sordos que atienden otros ruidos. A la otra persona lo único que le interesa es narrar su propia historia. No analiza, no comprende, no entiende. Sólo importan nuestros egos. El resto no es diferente a mí.
Lo que interesa es el arte subjetivo, (obviedad redundante). Ya no quiero escribir en mi memoria los tormentos religiosos de la adolescencia, la Edad Media de nuestra vida. Culpa, dolor, amor a un Dios que me exigía que no pecara y al moldearme con barro y agua, empalagó todo mi cuerpo de lujuria.
Busco la libertad todos los días. Ya no quiero ser el libertino desenfrenado que me han vendido. Las palabras de Jean Paul Sartre se han escondido en mi consciencia: “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”
He estudiado en una escuela de brutos, jueces y repetidores enciclopedistas ¿Eso es libertad? Tengo que trabajar doce horas por día para comer los alimentos que sobran. ¿Eso es libertad? Tengo que casarme y tener hijos para reproducir un mundo que detesto ¿Eso es libertad? Tengo que soportar las palabras de mercaderes que me acorralan con el consumo que no puedo comprar ¿Eso es libertad? Tengo que acatar leyes y órdenes, aplicadas por hipócritas y dictadores ¿Eso es libertad?
Quiero ser un héroe. Necesito ser el protagonista salvador del lugar. ¿Acaso todos quieren tener roles secundarios? No lo creo. Tanto cuesta romper las estructuras, patear todo a la mierda y lograr que nuestra vida finita sea lo más importante. Si así lo fuera, ¿no sufriríamos menos? Si la individualidad es lo más trascendente, no sufriría menos al no ser correspondido por el amor de una mujer. ¿La perdida de seres queridos no sería menos tormentosa?
Los que me conocieron han dicho que soy insensible y desagradable.
Hay un lugar distinto y eso quiero meditar. No me interesa que me entiendan. En la escuela secundaria me he aburrido muchísimo. Hoy adulto, puedo aseverar que fui estafado; me regalaron un diploma que afirma lo siguiente : “Jorge Reboredo sabe”. Los años posteriores demostraron lo contrario. El tedio de las clases provocaban bostezos y ostracismos. Levantando la mano, le solicitaba a la profesora de turno permiso para ir al baño. Al abrir la puerta de esa horrenda caverna me saludaba desde lejos la divinidad. Caminaba hasta a la última puerta. Me encerraba, bajaba la tapa del inodoro y escalando el aire viciado, miraba por la pequeña ventana el afuera; la abertura me mostraba la ficción que las oraciones gramaticales no podían. La imagen siempre era la misma. El campo de fútbol de la calle Florencio Varela en el cuál jugaba con mis amigos. El jardinero afeitaba con cuidado el rostro del rectángulo. No era un lugar majestuoso, sí mágico. Lo cercaban copas de inmensos arboles; desde pinos y cipreses hasta ombúes y tilos. El sol del alba iluminaba el centro de la cancha. En el anillo formado por el Dios Ra se concentraban los pájaros a comer el pan que les dejaba el cuidador .Adelante había una casa: común, humilde. La misma, cumplía la función de sala de encuentros después de los partidos. ¡ Qué bella era de noche la casa! La luz interna con sus ornamentos y el reflejo de la luna afinaban la función. Yo no sé por qué me enamoré de aquel lugar, tal vez por su simpleza. Estoy seguro que hombres y mujeres nos embriagamos con algún lugar: simple o solemne. Pensaba en el milagro de la naturaleza al mirar ese cuadro viviente. Cada tarde me esperaban los amigos. Repasaba las tardes que Mariela y sus amigas nos iban a ver. Soñaba en el bendito momento que le diría que me gustaba. Deseaba casarme con ella y vivir en la casa para no extrañarla tanto, ni a ella ni al tiempo. Necesitaba creer que después de la muerte aquel lugar fuera mi cielo. No pretendía nubes inmaculadas ni una hoguera diabólica, sólo quería la inmortalidad en el campito de fútbol. Al volver a la clase ¿qué me podían importar los verbos?
Mi vidita se perdió con las obligaciones. Se malgastó por otros países, mudanzas y las preocupaciones terrenales. Pero siempre volvía al lugar. Siendo hombre me detenía detrás de la reja que separaba el campo de la vereda. Me congelaba. Otros pájaros, otras hojas en los árboles, la casa más desvencijada, otro Dios del Sol. No me importaba, me rendía al lugar. Ya no estaban mis amigos jugando al fútbol, nunca supe nada de ellos. Ya no estaba el jardinero cuidando el césped, no quise saber de su muerte. Ya no estaba Mariela esperándome, al terminar la escuela no volví a saber de ella.
Tengo que abrir los ojos. El mozo me despertó con la cuenta del ensueño. Nos miramos a los ojos. No es un dato menor, ya nadie se mira a los ojos. Pasaron varios minutos y se fue. Tomé la carta y quise contarle al viento lo que decía.
“La municipalidad y el partido han decidido por unanimidad terminar con el problema que aqueja a la ciudadanía. El embotellamiento de tránsito que atraviesa nuestro partido complica las más importantes avenidas y calles, produciendo estancamientos y pérdida de tiempo. El municipio gracias al aporte económico de la Nación construirá una autopista que terminara con estos inconvenientes. Para éste proyecto es necesario expropiar casas, plazas y edificaciones que interrumpen la obra. La autopista pasará por las siguientes calles y avenidas. Avenida Vergara, Florencia Varela…”
¿A quién le puedo contar lo que siento? ¿Quién va a entender en un país lejano mi pequeño inmenso dolor? ¿A quién le puede interesar que algo de mi ser haya muerto? ¿Por qué tenían que talar mi corteza?
Sí, soy frío, hermético, insensible y desagradable
Voy a responder la carta con mi firma. Va a dirigida al escritor anónimo. Quiero decirle que soy un hombre solitario y que lo único que le interesa es su lugar. El silencio de Dios me hizo libre. Soy un héroe que busca recuperar en los subterfugios de la mente su pasado. Quiero decirle que voy a abrir los ojos y ya no estaré. Luego todo se volverá frío. La estatua sonreirá a los payasos reales porque Mariela me estará esperando. Quiero cerrar los ojos y recordar, recordar para no morirme en el pasado…
JORGE REBOREDO
Escrito en CUENTOS | 5 Comentarios »

SERTRALINA
“Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”
Sigmund Freud
Antes de empezar el relato, les debo aclarar que la fonoaudióloga intentó ayudarme a recuperar el habla. No puedo pronunciar una sola palabra. El silencio es un grito enloquecedor.
El arte de la persuasión era mi talento y la política me permitió desarrollar un temperamento extrovertido. Soy consciente que en la Honorable Cámara de Diputados manifesté diversas mentiras; en las entrevistas televisivas dije lo que la gente quiere escuchar. Era mi trabajo crear una realidad inexistente.
La psiquiatra pretende ayudarme. No puede. Jamás podrá entender el tormento a través de señas o la escritura. Mis ojos le dan pistas, pero no le alcanza.
En sesiones anteriores logré equilibrar temores del pasado. Me aseguró que los trastornos obsesivos compulsivos eran secuelas de la tensión laboral. El ruido inexistente del goteo de una canilla, el deslizamiento de muebles, el temor a los cuchillos (lastimar o herirme), suciedad en mis manos, son algunas de las sugestiones internas.
Con acierto, luego de varias consultas, la doctora resolvió medicarme. Al principio se chocó con una muralla negativa. Yo no quería condenarme a ninguna droga. Le cuestioné los efectos secundarios como la perdida de la memoria, trastornos intestinales, aumento de peso, entre otros. Con el tiempo entendí que era lo solución si no quería volverme loco con las estúpidas obsesiones. Y las drogas lograron apaciguarlas. Renuncié al pensamiento de los pequeños martirios.
Las pastillas las escondía adentro de un antiguo mueble ubicado en el comedor, al lado de las galletitas. Tragar la píldora cada mañana fue la nueva y única preocupación; gracias a ella el dolor había desaparecido.
La mañana del 14 de octubre del 2011 me levanté ansioso para ordenar el discurso de una ley antiterrorista contra las huelgas. Mi alocución sería la mejor. Apresurado, tomé el frasco de vidrio y liberé a una de las pequeñas redentoras. Se cayó de mi mano izquierda perdiéndose entre las figuras de las cerámicas. Busqué en el dormitorio los anteojos ya que mi visión es defectuosa. Mi esposa desde la cama me preguntó que estaba haciendo. No le contesté y regresé al comedor. -Tal vez la hubiera pateado hacia la cocina. Me agaché para ver mejor. Al encontrarla libré un suspiro de alivio y le respondí a mi señora con un simpático “Buenos días mí a amor”. Una deformada sombra se acomodó sobre la cerámica que cercaba la pastilla. Estiré la mano para aprisionar el remedio pero la sombra fue más ligera. Una rata emergió debajo del modular y apresó el medicamento. Con la misma velocidad se refugió . Era una rata bastante grande. El susto me hizo retroceder , llevándome una silla por delante. La voz lejana de mi esposa me preguntó qué pasaba. No le contesté. Por varios minutos permanecí hipnotizado mirando la cueva de la rata. Reaccioné cuando Claudia palpó mi hombro. La miré desconcertado. Con el dedo índice en la boca le supliqué silencio. Ella siguió mis pasos hasta la heladera. Al abrirla encontré queso roquefort. Como un caníbal hambriento incrusté mis dedos sobre el lácteo. De la alacena tomé un palo de amasar. Mi mujer seguía mirándome sin entender nada. Coloqué varias porciones en la misma cerámica y en guardia la esperé.
No puedo definir cuánto tiempo pasó. Gracias a la intervención de Claudia logré reaccionar. Me ayudó a levantarme y me acompañó a la cama, quitándome de la mano el palo de madera. Al acostarme miré el espejo que daba a la cama: estaba pálido. Le conté lo sucedido a mi esposa y me quedé dormido.
Desconcertado, desperté de la siesta . Leí una nota sobre la mesa de luz: “Me fui a trabajar, no te olvides de llamar al Congreso. Te amo”. Llamé por teléfono al trabajo argumentando que Claudia se encontraba enferma. Mientras hablaba, no pude evitar ver los quesos en el piso. En la heladera encontré otros embutidos como carnada; de nada sirvieron, la rata no apareció.
A la mañana siguiente me levanté a tomar la medicación y vi los desperdicios de comida impregnados de moscas. Al ver la pastilla se me ocurrió una locura; el roedor por casualidad o no, había aparecido por el comprimido blanco. Limpié el suelo, sujeté el palo de amasar y arrojé la pastilla. Sudaba de lo emoción. A los pocos minutos surgió del resguardo a buscar la droga. Su grosor me impactó y no me animé a golpearla. Me quedé pensando. ¿Las ratas sufren de obsesiones compulsivas?
El escenario se repitió una y otra vez. La rata (más gorda) salía de su escondite cada mañana para devorarse la pastilla. Claudia me observaba, acariciándome el pelo con cierta misericordia. No me importaba.
La caja de tabletas estaba vacía y mi cuerpo también. En un mes gracias al incidente con la rata perdí por completo los temores. Sin drogas ni psiquiatra me recuperé de las obsesiones. Ya no quería matar al bicho, aunque un asco repulsivo me aturdía y no soportaba que estuviera vigilando mis pasos.
Mi vida volvió a la normalidad sin las drogas, pero con una nueva idea ¿Qué sería de la rata? ¿Sufriría de abstinencia? Intenté como al principio con quesos y embutidos. Ante mi asombro, esta vez los comió. Le pedí a Claudia que me ayudará a correr el modular. No la encontramos. ¿Estaría perdida por secuelas en la memoria?
No sé muy bien cuánto tiempo pasó desde la última vez que la vi. Si recuerdo el momento en que su imagen apareció. Fue una noche al despertarme de una pesadilla. Soñé con un cuarto blanco y sin ventanas, encerrado en él yo gritaba sin consuelo. Sobresaltado, busqué el velador para encender la luz. Mi mano acarició algo corrugado y frió. Con la otra mano apreté a Claudia que dormía. Los dos gritamos. La rata se posó en mi mano. Su aspecto era del tamaño de un pequeño perro. La cola peluda y las orejas grandes eran desagradables. Sus ojos rojos centelleaban odio. De su boca desprendía una espuma amarillenta. No sabía qué hacer. Esperaba la mordedura o el arañazo. Después de un chillido agudo me escupió los trozos de quesos, uno por uno.
Los miedos obsesivos ya no existen porque son perpetuos. Al levantarme por las noches la canilla gotea. Intento cerrarla sin éxito. Los muebles se desplazan por la casa como niños que empiezan a dar sus primeros pasos. Los cuchillos me esperan. Abro el cajón y me aferro al más afilado. Me dirijo a la habitación y la veo a Claudia durmiendo.
¿Hace falta escribir lo que sigue? Tengo las manos sucias. Al verlas ensangrentadas grito sin consuelo. No puedo escucharme. En un cuarto blanco espero a la fonoaudióloga y a la psiquiatra. Es el fin de mis obsesiones.
JORGE REBOREDO
Escrito en CUENTOS | 8 Comentarios »

EL SALTO
Hace tiempo que la observo. Desde una de las ventanas de la producción espio sus movimientos. Enciendo la computadora , prendo un cigarrillo, y ojeo el despiste de mi compañero. Ordeno las carpetas sobre el escritorio y deslizo la persiana .Ella aparece en la terraza del edifico de enfrente. Pienso que ha caminado toda la noche. ¿Con qué fin?
Me llama la atención su vestimenta , siempre es la misma. Debe ser una empleada administrativa de la juguetería Salcer. Todas las oficinas del edificio pertenecen a la mayor compañía de entretenimientos para niños y adolescentes. No entiendo cómo mi compañero no la ve. Es indiscutible su presencia y aún peor su intención, no lo culpo, también ignora mi apariencia. No me habla. Desoye mis saludos. Si no fuera por el espejo del baño pensaría que estoy muerto. Me reflejo a la par de Castro. Disfruta imitándome. No tiene tiempo para hablarme pero sí para burlarse.
Hay algo más de ella : sabe que la miro. La distancia y mi falta de anteojos no son impedimentos para vislumbrar su belleza.
Comienzo a escribir. No siento mis manos. Finalizo un párrafo y me distraigo. Es ella que intuye mi trabajo. Al reanudar la escritura ella retoma su caminata absurda.
El edificio tiene veinte pisos. Es indudable que sí resolviera saltar nada quedaría de su cuerpo. Abajo la aguardaría el asfalto abrasador.
Sé perfectamente que intenta suicidarse. Desconozco las razones. He pensado seriamente en bajar por el ascensor y cruzar al edificio de la juguetería. ¿ Por quién debería preguntar? ¿Nadie se ha dado cuenta de su presencia? Temo pasar por un loco y que no me crean. Me imagino la charla:
- Hola, trabajo en el edificio de enfrente , vengo a avisarle que una empleada camina por la terraza hace tiempo. ¡Creo que intenta matarse!
- Perdón señor , no sé a que se refiere.
- ¿ Cómo a qué me refiero? Todas las mañanas una mujer camina por la azotea y usted no lo sabe. Lleva la misma ropa: una blusa celeste y una pollera verde.
- No conocemos a nadie con esa descripción.
- ¡Bueno no me importa! , déjeme pasar , necesito hablar con ella.
- Señor disculpe , se imaginará que no lo puedo dejar entrar, tenemos mucho trabajo.
- Perfecto , pero usted será el responsable del suicidio. Quiero que entienda que voy a llamar a la policía.
- Cómo guste , qué tenga un buen día.
Y sin más que decir, cruzaría la calle para regresar al la productora.
He logrado escribir varios renglones. Me tomo la cabeza. Al igual que la mujer, llevo hace tiempo la misma ropa. Huelo mis axilas sin percibir ningún hedor.
Otra posibilidad, sería meterme en el ascensor y subir a la terraza. Podría acercarme con discreción, evitando mirar hacia abajo ya que sufro de vértigo. Me imagino la charla:
- ¡Hola , disculpá que te moleste! No puedo dejar de mirarte. Cada mañana al abrir la ventana de la oficina te veo ahí parada. No sé , necesito saber si te pasa algo.
Ella se acomoda el pelo. Me mira inmóvil. Se da media vuelta para perderse en unas escaleras. La copio y hago lo mismo. Me escondo en el descanso. Aparece otra vez. Yo también.
- No te quise molestar , ¿trabajás en la oficina de la juguetería? ¿ Cómo te llamás?
Silencio.
- No quiero meterme en tu vida privada ni que te ofendas, pero necesito decirte que no te lastimes.
Es sorprendente, por momentos su figura se desdibuja. Su cuerpo se convierte en algo borroso. Faltan partes de su cuerpo. Desde la ventana no lo advertí. Un triángulo de luz atraviesa su abdomen. Logro ver la escalera por la cual se fugó minutos antes.
- Mirá , no importa que no hables , voy a bajar. Aunque llamen a la policía , yo voy a entrar al edificio.
-¡Hace tiempo que te estoy esperando!
Soy yo el que se ha quedado sin habla. ¿ Me espera? Corro al ascensor. Al acercarme a mi escritorio veo que el gracioso de Castro estuvo escribiendo por mí. Le aviso que voy a comprar cigarrillos. No me contesta. Prefiero bajar los veinte pisos por las escaleras. Al llegar al hall no siento el cansancio. Cruzo y toco el timbre. Nadie contesta. Nadie aparece. Me apoyo en la puerta y ésta se abre. No lo dudo. Atrás irrumpe un cartero. El ascensorista me pregunta a qué piso quiero ir. Sonrío. Por fin alguien me registra.
- A las oficinas administrativas- el cartero adelantándose a mi respuesta.
Nos bajamos y al entrar diviso a los empleados realizando tareas administrativas. Busco su escritorio. Escucho gritos en una oficina. Se discuten las nuevas novedades del mercado.
- Los chicos se aburren con los juguetes tradicionales. Necesitan pensar.
Se mezclan voces de hombres y mujeres. Golpeo , pero me ignoran. Entro después del cartero que ingresa a dejar la correspondencia. En una mesa examinan diversos rompecabezas. Me acerco. El gerente ( supongo que lo es) discute con el personal mientras juega con una pieza. Es un triangulo celeste. Pertenece a una chica que esta por saltar de….
Desesperado voy a buscarla. Si no me apuro la va a matar. Subo las escaleras. La veo de espaldas. Le grito que no lo haga. Intento tomarla de su pollera para introducir mi mano en el triángulo de su abdomen. Es tarde. Se suspende en el aire. Yo no tengo su misma suerte. Caigo , caigo , caigo…
Me encuentro en mi escritorio. Vuelvo a escribir. Miro por la ventana. ¿Nadie la ve suspendida en el aire? Flota su hermosura. Sigo escribiendo.Golpean la puerta. Castro se levanta y recibe al gerente de la juguetería. Se saludan. Mi compañero le muestra lo escrito. El gerente sonríe mientras lee. Apoya el rompecabezas sobre la mesa.
- ¡Excelente historia Castro! Me gusta el argumento: un hombre ve por la ventana a una mujer en una terraza. La quiere rescatar y se da cuenta que ella… , bueno ya sabemos el final. Creo que las dos compañias van a funcionar bien. “Rompecabezas y cuentos”.
Cuando mi compañero termine de hablar con el gerente yo terminaré de pensar. Al imprimirse el cuento me eternizaré en manchas de tinta. Me gustaría exigirle algo aunque sé que no puedo. Quisiera que la mujer deje de flotar en el aire y salte a su terraza; que baje corriendo por las escaleras y entre a la oficina. Me gustaría que robara tan sólo una letra para decirle que yo también la estoy esperando.
JORGE REBOREDO
Escrito en CUENTOS | 7 Comentarios »

LA SIRENA EN EL BURDEL
- ¡Si te portás bien y no tenés bajas notas te llevamos con la abuela a Santa Teresita! – me dijo el abuelo presionando mi orgullo de niño.
Un fin de semana largo me permitiría ver a mi abuelo y a cientos de pescadores participar de la pesca de la corvina blanca. No dudé en llevar mi bote inflable.
Hacía poco tiempo que había aprendido a leer. El mundo cobraba otro sentido. Ya podía comprobar la existencia de todo lo que había imaginado.
A la abuela le encantaba leer novelas. El abuelo leía revistas de pesca o las historietas de Nipur de Lagash. Admito que eran entretenidas las aventuras del fenicio y su espada sangrienta. Sin embargo me gustaba la literatura de la abuela. Ella no leía novelas de amor como Corín Tellado. No. En el viaje en auto leía la Odisea. Al cansarse de la lectura me recitaba las historias de Homero. Todas poseían su encanto pero la que consiguió cautivarme fue la de Ulises con las sirenas. La abuela con su excelente narración oral me transportaba al mismísimo instante en que Odiseo les sellaba los oídos con cera a sus tripulantes. Me figuré en ese barco tratando de no escuchar el canto irresistible de las sirenas para no estrellarnos contra los arrecifes.
A principio de los ochenta los abuelos alquilaban una casa frente al mar. Desde los amplios ventanales veíamos el mar y un barco encallado. Por un lado , me encantaba acompañar al abuelo con los otros pescadores. Era emocionante subirnos a mi bote y pescar junto a la caída del sol. Por otro, me gustaba quedarme con la abuela escuchando sus cuentos. Me contó más historias de sirenas , sumándole la aparición de vikingos. Con facilidad me trasladaba a ese mundo .El mejor relato no fue narrado por ella , sino uno que escribió. Lo encontré en un libro de Apuleyo. Simulaba ser un señalador hecho con una servilleta. En la misma se refugiaba una poesía. Numerosas palabras eran incomprensibles para mi edad , entonces resolví imaginarlas.¿Burdel? ¿Libidinosos?
La poesía decía lo siguiente:
En las noches de nacientes tormentas ellos están ahí
ahí desde mi balcón veo el agitar del mar violento
su fuerza arrasa con todo lo visible y tangible
la realidad cambia , surgen imágenes cautivantes.
Se desliza con sigilo un barco con guerreros salvajes
vociferan por la búsqueda de una sirena hermosa
con espadas, risas de alcohol y un deseo de muerte
le preparan una celada a la inocente ninfa.
Ya la han acorralado, las redes se convierten en celdas
festejan el burdel, se relamen ante la presa asustada
nada puedo hacer desde aquí, todo es imaginación
¿Cómo ayudarte mujer en un sueño despierto?
¡Déjenla, malditos libidinosos, vuelvan al Tártaro!
grito desesperado, arrojándole una daga al mar
todo desaparece, ellos, la dulce sirena, mis súplicas
el infinito devora el fin de mi visión, de mi cuento.
Dibujo el rostro de la sirena con mis huellas
La soledad es una multitud y el silencio me despierta
¡No te vayas hombre de carne impura, grita el mar!
Es ella, me invita a un paseo sin regreso, somos libres
Las estrofas escondían una melodía cadenciosa que me acompañaban en la lectura. Me enamoré de las sirenas. La poesía consiguió que no tuviera sueño. Los ronquidos del abuelo aumentaron el insomnio. Busqué otros libros de la abuela, pero me asustaron los guerreros escandinavos y opté por cerrarlos. Me acerqué a una de las ventanas y la deslicé con cuidado. Gracias a la luz de la luna ( que era poca) miré el mar y el barco encallado. No sé cuántos minutos estuve contemplando el paisaje. El viento sacudió mi pelo y varios adornos de caracoles. Los levanté para acomodarlos y me arrimé de nuevo a la ventana. El cuadro fue distinto. Algo se movía en el mar. No pude discernir bien que era. La iluminación era exigua. Parecía ser un pez grande y estuve a punto de llamar al abuelo para que tomara su caña. Nadaba con serenidad. Se aproximaba en dirección al muelle desde el barco encallado. Su figura desapareció entre las maderas del muelle por unos instantes. Busqué una linterna del abuelo y alumbré el lugar. Distinguí el rostro de una mujer. Luego su cuerpo. Tenía escamas y una larga cola. ¡Si , si , escamas y cola! La luz de la linterna me delató y ella se dio cuenta que la miraba. Era muy bella aunque su rostro mutaba por cierta angustia. De repente escuché gritos. Voces salvajes que herían el aire. Llegaban del barco encallado. No pude comprender que decían. Ella me sonrió y se arrojó al mar. Se fue nadando como un pez hacia el barco. Las risas se trasformaron en alaridos.Unas manos la sujetaron y la mujer desapareció. Los ruidos renacieron como el silencio .No sabía que estaba ocurriendo. Solo pensé que la literatura era realidad. Me acosté pensando en ella.
Por la mañana los abuelos me vieron extraño. No quise decirles mi secreto. Acompañé al abuelo en su camino al muelle. Necesitaba ver que pasaba en el navío encallado. Mientras el abuelo probaba sin suerte con su medio mundo yo vigilaba el barco. Mostrando indiferencia le pregunté quiénes vivían en esa lata oxidada. El viejo estalló una carcajada y me dijo que nadie. Era un barco pesquero abandonado en la década del treinta y no era habitable. El abuelo les guiño el ojo izquierdo a sus compañeros de pesca. Ellos también se burlaron y me acariciaron la cabeza por mi inocencia. ¡Algo me ocultaban! Recapacité que eran todos unos viejos de mierda por dormirse temprano. Uno, aseguraba a las carcajadas, que hacía quince años que vivía en la ciudad y nunca había visto a ninguna persona a bordo. ¿ Les podía decir mi secreto? No. Lo debía solucionar solo. La sirena necesitaba mi ayuda.
No era casualidad la poesía. Algo fantástico ocurría. Los sucesos se mostraban lineales al igual que las estrofas ¿ Mi abuela era guionista de la vida? Seguía sin resolver el significado de la palabra burdel. Sí tenía claro, que si un hombre arrojaba una daga o un cuchillo al mar, la sirena se liberaba de sus captores. Cuchillos y tenedores sobraban en la cocina. Necesitaba buscar el momento exacto para fugarme sin que me vieran los abuelos. Si respetaba las huellas de la poesía ella quedaría libre. Pero algo me atormentaba. No entendía tampoco la última estrofa. ¿ Carne impura? , insisto , recién sabía leer. Sí me gustaba la parte en la cual ella me invitaba a pasear. ¿ Tenía algo de malo? No. Gracias a la sirena sería yo quién le contaría relatos mitológicos a la abuela. Para eso primero tenía que llegar al barco y rescatarla.
Esperé a que los abuelos estuvieran bien dormidos. El frío era doloroso y lloviznaba. Busqué un cuchillo en la cocina y lo guardé en mi mochila. Me puse un piloto y con la linterna en la mano salí de la habitación.
Era la primera vez que estaba solo ante la inmensidad de la noche y el mar; encima tenía que liberar a una sirena.Tardé varios minutos en llegar al muelle. En la orilla del mar me esperaba mi pequeño bote. No tenía la menor idea de como usarlo. Junte valor , lo empujé y con mis manos tomé uno de los remos. Tuve suerte porque desde la costa me separaban veinte metros. El mar estaba calmo. A medida que avanzaba se escuchaban los gritos. Tuve miedo que se abriera una compuerta secreta y me descubrieran. El bote se adosó a una pequeña escalera que ascendía a la proa. Apagué la linterna y subí a la cubierta. Las risas eran cada vez más grotescas. Los ojos de buey de la superestructura estaban empañados por el rocío. Dibujé un pequeño círculo y la vi. La pobre era atormentada. Varios hombres bailaban con ella.Todos bebían vino y reían como salvajes.¿ Cuánto tiempo más podría sobrevivir sin agua? Le costaba conservar el equilibrio con su gran cola. Su cara estaba pintarrajeada. La obligaban a besarlos. ¡Malditos bestias! Sólo necesitaba que me viera. Borré más el rocío de la ventana. Por unos instantes la dejaron tranquila. Ella se acercó a una mesa tambaleándose en busca de una cartera. ¡Pobrecita, la obligaban a usar accesorios de humanos! Me desesperé y quise gritarle. Pero no hizo falta. Sintió mi presencia y sus ojos celestes se agrandaron. Miró a los hombres borrachos tirados en el piso y se acercó con temor.No me dijo nada. Según los relatos homéricos las sirenas cantan. Sonrió como la primera vez. Saqué el cuchillo de la mochila y lo dejé sobre el aluminio sobresaliente del ojo de buey. Ella se sorprendió y me hizo señas para que me alejara. Los vikingos estaban recuperándose. Bajé corriendo en busca del bote. No fue difícil el regreso a la costa. Nuevamente se escuchaban los gritos. Entré a la casa muy despacio. Los abuelos dormían. Me senté en la cama a esperar que la sirena cortara las ataduras de los vikingos diabólicos.
Cada tanto me acercaba a la ventana. Mis nervios conversaban con las estrellas. A las tres de la mañana la vi flotar. Se escapaba del barco. Le costaba nadar. Se trepó con dificultad al muelle. Buscó mi ojos (yo iluminé los suyos) y me mostró el arma. Parecía hipnotizada mirándome. Me saludó varias veces. Dudaba de algo. Creo que lloró. Arrojó el cuchillo y se ocultó en el mar. La sirena era libre otra vez.
Yo estaba feliz y no obstante me faltaba algo. Necesitaba escuchar su canto como en la poesía. Percibir que desde las profundidades me invitaría a un gran paseo ¿ somos libres? Me agradaba la idea de ser como ella. Acompañarla. Me puse el piloto y guardé la linterna. Me acerqué muy despacito a la cama de los abuelos. Los besé a los dos . Les dejé una carta para mamá y papá . Abrí la puerta con cuidado y caminé hacia al muelle. Necesitaba oír su canto…
——————————————————————————————————————————————————————————————————–
La abuela llora. Hace mucho frío. La policía. Un hombre acuchillado en el supuesto barco abandonado. La desaparición de una prostituta. La mano del abuelo en mi hombro. Soy testigo de palabras que no entiendo. Suicidio. Miro el mar. Los años. Risas salvajes. Un burdel. Soy un hombro grotesco. La mano de una mujer en mi hombro. Me llama a un paseo a su habitación. No es ella. Desilusión. Soy otra vez un hombre mirando el mar.Ya nadie toca mi hombro. Espero su canto…
JORGE REBOREDO
Escrito en CUENTOS | 3 Comentarios »

JAVHE Y EL DESCONOCIDO
La multitud grita sin piedad. Todos parecen lobos hambrientos que esperan devorar a la presa indefensa. Tengo frío y miedo. Nadie me reconoce. Mis amigos han desaparecido. Me han defraudado. Son unos miserables cobardes y traicioneros. Cuando el plan se conjeturó no hubo contradicciones. El objetibo era claro: matar a los tiranos que intoxican y envenenan las almas de nuestro pueblo. Con su poder de aniquilamiento han muerto miles de inocentes. Desde mi refugio vi degollar a niños de mi edad. Fue una carnicería. Todo fue por buscar a un falso profeta.
Me han dejado solo. Reconozco que no fui hábil al matar al maldito soldado. Debí ser más cauto, esperar la hora señalada. Pero mi impulso asesino le ganó a la estrategia.
Mi daga se incrustó en el corazón del romano, tantas veces como pude. En sus ojos medrosos y sorprendidos, advertí clemencia. La sangre que salpicaba mi rostro me dio satisfacción de venganza. Restauración que mi pueblo merece.
La espada no está cubierta de sangre. Me ha faltado otro puñalazo. Matar al maldito predicador y a toda su familia. Por él todo mi pueblo fue masacrado.
Mi gente me ha dejado huérfano. Soy un asesino condenado. Pero Jonás, mi amigo fiel, ¿adónde estás ahora? Escondido en una cueva como una rata asustadiza.
Mis brazos tienen llagas, causadas por las sogas que sujetan mis brazos al madero. ¿Por qué todos se olvidaron de mí? Voy a morir, como el criado romano que ajusticié hace dos días. Su amo es quien me vigila con su espada, creyendo que pueda escapar de aquí. Nadie huye del Gólgota. Un olor sórdido a muerte envuelve la cumbre.
Una mujer, con su cabello cubierto por un manto blanco, llora cerca de nosotros. No la conozco, y limpia las heridas en mis piernas. Jamás la he visto, pero es la única persona que me acompañará en mi muerte. Su cara no tiene consuelo. Abraza a un joven que no le importa llevar su cara descubierta. ¿A quién espera?, ¿ por qué están en este lugar horrendo? ¿Qué buscan en el valle de los muertos?
Se junta a ellos una prostituta :María Magdalena ¡ Cómo olvidarla! Sí habré gozado con su carne entre risas y vino. ¿Pero qué hace aquí, por qué llora ? Ella no grita en contra del desconocido.
Cerca de mí hay otro asesino. Nos conocemos .Por lo que logro escuchar, envenenó a un romano. Sin ambargo no parece temerle a nada. En su rostro se deja ver cierta satisfacción. Disfruta burlandose de los curiosos.
Roma merece su destrucción. Pero no me siento bien ahora. Se muy bien que ese maldito merecía morir. ¿Pero era él o Herodes Antipas ? ¿Era el niño profeta o el procurador Poncio Pilato? Es tarde para arrepentimientos. El soldado espera la orden para incrustar su lanza en mi abdomen.
Ahí llega el desconocido. Lleva una cruz a cuestas.Los guardias lo humillan. La gente lo escupe . Es insultado y nadie lo respeta. Le patean sus costillas. No entiendo el odio a ese hombre. No he oído nunca de él. ¿ Habrá matado al mismísimo Cesar para ser tan humillado? Y sí lo hizo debería ser un héroe.
Es delgado, tiene barba y usa el cabello largo. Sus ojos celestes me iluminan por unos segundos. Es judío. Con una masa furiosa le han quebrado sus piernas. Con golpes a clavos oxidados lo crucifican. Me duelen sus gritos. ¡Desdichado, ni se queja ! La mujer, el joven y Maria Magdalena, tratan de impedir lo inevitable.
En menos de tres minutos está a mi lado. Su cara sangra, ya que lleva una corona de espinas. Le han roto sus piernas, pero no protesta. Veo marcas de latigazos en su cuerpo, pero no se queja. Veo que todos lo han traicionado y no llora.
- Por favor ya basta – brota de mis entrañas un grito, que crece y se desparrama por la muchedumbre enajenada.
El otro asesino que se encuentra a la izquierda del desconocido se burla de él.
- Si has salvado a otros, por qué no te salvas a ti mismo.- le dice con mofa
No le contesta. ¿ A cuántos judíos habrá salvado de los romanos ?
Quiero hablarle. Preguntarle quién es. Veo llorar al soldado romano. Se persigna ante la figura del condenado . ¿ Un soldado se rebaja ante un judío?
El otro asesino me grita:
–Imbécil , es el profeta , por él mataron a todos los niños de tu pueblo …
Lo encontraron. No seré yo quién lo mate. ¿ O si? Mi pueblo lo ha entregado. No los entiendo. Ellos nada saben de la matanza de los inocentes.No entiendo porque le hablo:
- No se quién eres, te he buscado para matarte, tampoco entiendo que haces en este infierno, ni porque te maltratan…
No entiendo qué me ocurre , por su culpa…
- Te aseguro, que hoy estarás conmigo en el reino de los cielos – me dice y sonríe.
Está cansado, serán las tres de la tarde. El hombre muere. Ya nadie grita. El cielo parece caer sobre la tierra. Un estiletazo crudo atraviesa mi abdomen, es la daga del soldado. Mis ojos se cierran lentamente y miro como se llevan el cuerpo despedazado. Me estoy muriendo, tengo miedo. Me dijo que estaría con él en el reino de los Cielos. ¿Qué será eso? No lo sé. Pero me gusta. Todo es negro. Nada existe. Una mano perforada sujeta mi espalda.Los niños de mi pueblo me saludan.
JORGE REBOREDO
Escrito en CUENTOS | 3 Comentarios »
AL LADO
A Nela…

Desde el otro lado de la pared escucho las voces invisibles. Estoy lleno de recuerdos inconexos que no son los míos. Rostros disímiles afloran y desaparecen en mi memoria. Desde que me agobia la rara enfermedad que me ha dejado inmovilizado no tengo otra alternativa que escuchar. Es mi único pasatiempo. Me lastima la misteriosa quietud así como el abandono. Me dejaron absolutamente solo. Sé que mucho tiempo más no podré sobrevivir. Sin tan sólo los de al lado supieran de mi existencia. ¿Pero qué hacer? Los gritos son internos, se hunden en mi conciencia.
No busco lástima en la pareja, sólo un poco de piedad. Ni siquiera pretendo que me visiten todos los días. No. Lo único que deseo es que me hablen. Aunque no pueda contestarles me sentiría útil al formar parte en sus conversaciones. ¿Es mucho lo que pido?
Durante el día el departamento contiguo está vacío. Me acompañan los murmullos quejumbrosos del viejo ascensor y los pasos del portero que recoge la basura en el pasillo. Más lejanos son los silbidos de las bocinas de automóviles y colectivos. Al caer el sol me perturban las imágenes de los murciélagos en los pulmones. Son frecuentes sus visitas en el edificio de Balvanera. Estoy seguro que si entendieran como romper el vidrio de la ventana se lanzarían sobre mi cuerpo para convertirme en un apetitoso manjar de sangre. ¡Si pudiera cerrar la ventana!, pero es imposible.
Al atardecer llegan. Al principio se escuchan las pisadas. Después apoyan algo pesado en el piso. Luego lo de siempre: alguien gira la llave de una canilla y cae el agua varios minutos. Se abre la puerta de una heladera . Acomodan sus cuerpos cansados en banquetas de caño.
- Querida, qué cansado que estoy, deberíamos considerar la propuesta que nos hizo el señor Tauber, la situación está cada vez más complicada.
- ¡Basta querido con eso!, no quiero discutir de nuevo, qué nos garantiza ese viaje. En Buenos Aires contamos con dinero seguro. Tenés razón que es poco, pero nos alcanza para comer.
- Lo sé, pero ya no se trata del dinero, es otra cosa. Es la gente. Te pusiste a mirar sus ojos, están vacios. Nos soportan por compromiso. Nadie se ríe de nuestros chistes.
- Querido basta de sensiblerías baratas, la gente ya no tiene de que reír…
- Justamente y nosotros no podemos hacer nada, ya cambiamos el guión y el vestuario mil veces.
- No lo sé, ¿qué te hace pensar que en ese pueblecito de mala muerte la vida será diferente? Por el contrario, no creo que las personas sean más felices que en la ciudad.
- Sos muy injusta e irónica, me voy a la cama, estoy cansado, después seguimos hablando.
- No soy nada de lo que decís, voy al baño, trata de dormir favor.
- No creo que pueda, no creo que pueda, necesito un buen trago y un poco de aire.
Indudablemente son una pareja de actores callejeros, tal vez payasos. Los comprendo a los dos. ¿Quién tiene gana de reír ? Nunca me gustaron los bufones, les temo, son personajes diabólicos. Si en cambio fueran actores ¿qué pueden representar que ya no exista? Todo está a la vista. La historia ha llegado a su fin y ya no queda tinta en ninguna pluma. No sé de quién escuché éste razonamiento.
Deseo que la mujer pueda convencer a su marido. No se pueden ir. Son mi última esperanza. Si se asomaran a mi habitación me reiría por todo el mundo. Yo sólo podría devolverles la ambición de seguir trabajando. Dicen que la risa puede curar. ¿Y si lograra recuperar el habla y los movimientos? Tengo que intentarlo, necesito el milagro del último grito. Debo concentrarme y conseguir que me rescaten. Lo mejor que puedo hacer es dormir. Seguir durmiendo…
He tenido un sueño muy extraño. Sentí el abrir y cerrar de una puerta. Creo haber imaginado el balcón. Ni siquiera lo conozco. De a poco sentí un calor en todo mi torso. La sensación comenzaba en la zona de la espalda. Luego un cosquilleo reanimaba todo mi ser. La noche me mostraba un cielo estrellado. La luna escondida por una nube de agua presagiaba un diluvio. Me sentí libre en la oscuridad. Conseguí divisar los cuerpos de las pequeñas personas que vagaban por las veredas. Creí que con mis manos podía manejar sus destinos. Se me ocurrió gritarles. Grité y grité para que supieran que estaba cautivo en un décimo piso. Un olor extraño sosegó mis gritos. Era alcohol o algo parecido. Fui perdiendo fuerzas. Me ciño un mareo letárgico y no recordé nada más. Me desperté o me dormí, no lo sé.
Desde que intento gritar para que los de al lado me escuchen no puedo concentrarme en otro escenario. Ellos siguen discutiendo sobre lo mismo. El hombre está convencido en irse a un pueblo. La mujer persiste con su sarcasmo habitual en permanecer en la ciudad. La discusión es tan monótona que se ha tornado aburrida. Pero la prefiero a la nada. No se deciden que hacer. Elevan el tono de la voz. Se mueven por todo el departamento. Los gritos crecen. Quisiera decirles que se tranquilicen. El hombre comienza a insultar a su esposa. Ella hace lo mismo. Se arrojan objetos que deben ser platos y cubiertos. Pienso que no me gustan las peleas. Quisiera taparme los oídos. Un cajón se abre. La mujer comienza a llorar con histeria. Ya no escucho la voz del hombre. Mis oídos son lastimados por un estruendo escalofriante. Un tiro. Luego un suspiro. Otro tiro. Quisiera dormir y soñar que estoy en el balcón para avisar que algo no está bien. Mis únicos amigos se han lastimado. Me hirieron a mí también. No pueden dejarme sólo en esta habitación tenebrosa.
Sé que debo esperar. En el edificio alguien debe haber escuchado los disparos. Tal vez, gracias a ellos, se descubra que estoy abandonado.
Escucho pasos. Pisadas en las escaleras y en el pasillo. Son voces nuevas. Una voz líder parece ser del portero. Les indica a los ¿policías o médicos? el origen de los disparos. Es mi oportunidad. Debo gritar. No debo desanimarme si primero tiran abajo la entrada de los vecinos. Los cadáveres están esperando. Patean la puerta una y otra vez. Una expresión de aflicción surge del interior:
- Gracias a Dios que han llegado. No saben lo que es estar solo, mis hijos me abandonaron en esta sucia habitación. Ya no recuerdo el tiempo que llevo encerrado.
- Cálmese abuelo ¿Acá fueron los disparos?
- No, no, fueron al lado, en el departamento de los actores, ellos eran mi única compañía.
No entiendo nada ¿Y los cuerpos sin vida? Ese hombre sufre lo mismo que yo. Otra vez escucho que derriban una puerta. El sonido es más cercano. De golpe todo es silencio, hasta que se abre y se cierra una puerta. Como en el sueño siento calor en mi espalda. Nuevamente el cosquilleo. Todo me da vueltas. Siento flotar en el aire. Veo las siluetas de policías y enfermeros. Me miran con asombro. Necesito darle las gracias. Uno se burla de mí diciendo que debo estar castigado por dormir solo. En el piso veo el cuerpo de un hombre ensangrentado. En su mano ajusta un revolver. Esta cerca de su sien. A su lado una muñeca con un agujero en la espalda le hace compañía. Que cobardía matarla de esa forma.
Un estuche negro, pequeño, es abierto por un policía. Es igual a un féretro. Quiero hablarles. No pueden encerrarme en un espacio peor. Se ríen. Aparece en el umbral la figura del anciano abandonado. Me contempla con misericordia. Voy perdiendo el calor en la espalda. Mis ojos se cierran. Todo es oscuro.
Mar del Plata, 10 de enero del 2012
Escrito en CUENTOS | 4 Comentarios »

CUMPLEAÑOS FELIZ
Por fin ha llegado el día. Hoy es la fiesta de mi cumpleaños número cuarenta y dos. El interior de la casa está iluminado por la araña de bronce con sus seis tulipas de alabastro. El pago se ha efectuado y los invitados esperan mi aparición. Es la primera vez que festejo mi cumpleaños. Nada puede fallar esta noche.
Estoy un poco nervioso. Mi esposa sabe que nunca me ha gustado ser el centro de atracción. Ella y mis dos hijos han insistido con tanta perseverancia con el festejo, que no he podido rehusarme. Me interesa estar en compañía y rodeado de personas, pero soy un hombre extrovertido para los otros. Tal vez es discutible y sienta que no haya nada que festejar. ¿Por qué celebrar un año menos de vida?
El primer rostro que visualicé al salir de mi pieza fue la cara fruncida de mi suegro. Dejó respirando en la mesa su pipa de brezo al ver mi figura en el umbral. Las otras veinticinco personas susurraban diferentes banalidades. Me toqué la barbilla al ver la punta de la mesa. La silla principal estaba vacía. Mi suegro me indicó con su mano derecha el lugar. Sacando pecho y firme empezó a canturrear lo siguiente:
- Porque es un buen compañero, porque es un buen compañero, porque es un buen compañero y nadie lo puedo negar…
El resto se sumó a la trillada melodía y vociferaban mi nombre .Al acercarme a la mesa mi esposa me abrazó. Sentí vergüenza y la besé con retraimiento .Mis hijos se burlaron de mi timidez y todos festejaron sus bromas. En sus manos tenían una hoja que leían con atención. La fueron pasando a cada invitado. Pensé que sería alguna sorpresa, y simulé no advertir lo sucedido.
Al sentarme en la cabecera sentí la extrañez de las miradas. Esperaban que les dijera algo, tal vez las gracias, no lo sé. No supe que decir. El papel circulaba otra vez. Lo leían y asentían con aprobación. Mi suegra, le deslizó el papel a su hermana y luego tomó un cuchillo; golpeó tres veces un vaso.
-¡Atención mis queridos, atención, hagan silencio! Hoy no es un día más. Mi querido yerno ha decidido festejar su cumpleaños y nosotros tenemos el agrado de acompañarlo. ¡Querido yerno! , sepa que lo quiero como a un hijo y le doy gracias a dios por lo buen padre y esposo que ha sido. Por todo esto, les pido a todos que levantemos las copas y brindemos por él.
Todos accedieron a las palabras de la anciana y alzaron las copas en mi nombre. Hice lo mismo y choqué los vidrios con cada uno. Mi esposa me arrojó un besó desde la otra punta de la mesa y se compenetró en el papel. Nuevamente las miradas se clavaron en mi silencio, exigían una respuesta. No supe que decir y me miraron con una molesta misericordia.
Por suerte mis hijos acotaron algo sobre los regalos y la charla resurgió. La cena fue deliciosa. El vino rosado me hizo perder la vergüenza y me alentó a decir las primeras palabras.
- ¿Qué es lo que leen en ese papel?
Todos comenzaron a reír. Eran risotadas burlescas ante mi consulta. Nadie se contenía. Me tenté y empecé a reír con ellos. Hacía mucho tiempo que no la pasaba tan bien con las personas que amaba. El papel llegó a mis manos. Lo iba a leer pero las luces se apagaron. La torta y los tres deseos detuvieron mi ansiedad. Feliz cumpleaños…
Me fugué en la oscuridad, encerrándome en el baño para leer el papel misterioso. En las primeras líneas residía la razón de las risas. Nunca entiendo porque la gente no dice lo que siente. ¡No me gustan los secretos! Ellos lo saben bien. El tema es el dinero. A la gente lo único que le preocupa es el dinero.
Salí del baño y me dirigí a mi lugar. Arrebaté un cuchillo de la mano de mi amigo y golpeé una botella vacía. Todos se levantaron mirándome con asombro. Les mostré el papel y acto seguido lo rompí en varios pedazos. Ahora era mi turno.
- ¡Dinero, siempre el maldito dinero! ¿Necesitan aumento? , miren que han tenido tiempo de pedirlo. ¿Alguna vez les negué algo?
Mi esposa me interrumpió
-Amor, dejame explicártelo…
- Ya no soy tu amor, terminemos con esta farsa. Les pido que se retiren. No quiero que nadie me salude. Desaparezcan de mi vista y no me busquen. Mi secretario se conectará con ustedes.
“Mi esposa e hijos, suegros, hermanos y amigos, (todos contratados), se fueron en silencio. Vi a través de las hendiduras de la ventana cómo el último de mis empleados desaparecía. Volvía la sórdida normalidad, la miserable calma”.
Apagué la luz. Tomé un encendedor y prendí otra vez las velas. Otros fueron los deseos ¿reales o ficticios? Canté el cumpleaños con un nudo en la garganta. Cerré los ojos y me quedé paralizado hasta el amanecer.
JORGE REBOREDO
Escrito en CUENTOS | 1 comentario