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Queridos lectores: Les recomiendo que vayan a la solapa que dice PASAJE SIN NOMBRE , arriba , al lado de información del autor , o entren por el  enlace en esta oración.

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Hoy subió un tipo al colectivo con un violín. Parecía bastante tímido. Pidió permiso casi con disculpas. Yo estaba sentado en el quinto asiento de la fila individual. Se apoyó en la ventanilla y empezó a tocar una melodía que desconozco. La reacción del colectivo (siempre es igual) fue indiferencia. Bostezos, cierre de ojos fulminantes, lectura de algún libro, charlas virtuales con celulares.
Al terminar la melodía, nos dio las gracias. Nadie aplaudió. Con vergüenza nos dijo que solo quería transmitir un poco de arte. Se sacó la gorra de la cabeza y empezó a pedir una colaboración. Más indiferencia. No quiero quedar como una persona bondadosa pero quise darle una moneda. Solo tenía un billete de cien pesos y era demasiado para una melodía que ni siquiera conocía.
Al llegar al último pasajero y darse cuenta que su gorra estaba vacía caminó a saludar al chofer. Se iba a bajar. No sé qué pasó, pero giró hacia nosotros con su cara desfigurada. Ya no era el tipo amable. Nos fulminó una mirada y disparó una frase contundente
– ¿Digo yo y ustedes qué carajo saben hacer?
Todos nos miramos absortos. Nadie dijo nada. Esa frase nos despertó. Al darse cuenta que lo mirábamos nos gritó de nuevo.
– ¿Qué saben hacer? Yo por lo menos toco el violín. No se trata de una moneda. No quiero la plata, quiero que me escuchen en vez de estar con esos celulares de mierda.
El chofer bajó la velocidad y vi por el espejo retrovisor sus ojos atentos a la reacción del violinista.
– Es fácil ignorar, ¿qué quieren? que salga a robar, no sé robar, sé tocar el violín. ¿Qué saben hacer?
Era la tercera pregunta. Pensé que era un místico y recordé las tres veces que Pedro negó al Nazareno ¿Era una señal?
Con timidez levanté la mano. Todos los pasajeros se dieron vuelta para mirarme. El tipo hizo un gesto como cediéndome la palabra. El chofer detuvo el colectivo.
– Mirá, no sé tocar el violín, lo mío es más básico. Una vez escribí una poesía a mi perro.
El tipo parecía interesado en mi arte. Los pasajeros también.
– ¿Te animás a recitarla? – me preguntó desafiante.
– Si no te molesta, no tengo drama.
– Al contrario, ¿alguien tiene alguna objeción?
– Noooooooooo- contestaron todos los pasajeros y el chofer al mismo tiempo.
Me levanté y caminé hasta el centro del colectivo. El tipo me guiñó un ojo para darme confianza.
El perro es el mejor amigo del hombre
El me mima todas las mañanas
Cuando llego del trabajo sale a esperarme
Mi perro se llama Cucho y es muy lindo
El perro es mi mejor amigo.

Al terminar sentí mucha vergüenza y cerré los ojos. Para mi sorpresa todos comenzaron a aplaudir con entusiasmo. El chofer tocaba la bocina una y otra vez. El violinista me dio un gran abrazo.
No me pareció correcto pedir una colaboración. No quería que el violinista se sintiera mal.
Una mujer levantó la mano y dijo que era bailarina de tap. Todos le dijimos que pasara. Tendría unos ochenta años. Comenzó a bailar y a zapatear con un movimiento flexible para una anciana. El baile duró tres minutos. Aplaudimos con rabia.
El chofer dijo que sabía silbar la marcha peronista. Fue espectacular. Todos los pasajeros cantamos la marcha.
¿Y el violinista?
Nadie lo vio. No lo vi bajar. Estábamos en nuestro mundo. Alguien dijo que lo vio subirse a otro colectivo.
Nos quedamos callados y cada uno se sentó en su lugar. El chofer encendió el motor y puso el colectivo en marcha. Ni siquiera nos saludamos al llegar a la estación.

 

JORGE REBOREDO

NO ME IMPORTA

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Tengo que terminar un laburo . Me va a llevar tiempo y es lo que no me sobra .

Figuro en esa lista. Maté a la persona equivocada.

 

Tengo que pegarte un tiro en la cabeza y me preguntás si no me importa nada. ¿A quién se le ocurre? Por qué debería importarme algo de este infierno. Tu pregunta detendrá unos minutos el desenlace pero no pienses en un arrepentimiento. Me pagan para matar boludos. Sabés lo que pasa, el mundo se fue a la mierda hace rato. Ya no quedan personas auténticas. Y no me refiero al tipo que pinta un cuadro surrealista luego de esconder la cabeza en un pozo ciego durante cuatro horas. Tampoco al tipo que deja el  mundito burgués para convertirse en un profeta (con túnica blanca  y sandalias de pescador) en Lomas del Mirador. Escasean (están en extinción) los tipos sin doble moral. Detesto al culposo que se levanta del asiento del colectivo ante una embarazada; lo hace para la mirada ajena. Aborrezco a los mojigatos que dan limosnas en las esquinas; lo hacen por el terror censor de Dios. Ya no queda nadie como Faravelli. El Flaco te decía: te arranco los dientes porque necesito comer. Con las minas iba de frente: no creo en el amor porque es como una utopía tramposa, se termina antes de empezar. “La familia y los hijos a la larga molestan, no quiero espejos que duplican mis defectos”.  A Faravelli no se le caía un pelo cuando pasaba un chico pidiendo limosna: no es mi culpa y con mi moneda no soluciono nada, sí él estuviera en mi lugar  no me daría un hueso. La pobreza es una consecuencia del hombre y uno como hombre no puede atormentarse de sus errores. No le importó llevarse un caño a la boca al sentirse un viejo inútil.

Usted me pregunta si me importa algo. No mi querido, no me importa un carajo. Piensa que voy a ser mejor persona por perdonarle la vida esta noche. Mañana tendré que matar a otro.

No siempre fui así. Creí en las personas. Me enamoré, tuve un trabajo digno, una casa, hijos. Todo desapareció, se fue. Usted quiere saber la razón. Estaríamos hasta mañana y tengo que matarlo ahora. Le gusta insistir .No lo quiero dejar con suspenso. No murieron en un accidente, viven felices. Yo me morí señor. Fui un muerto desde el momento en que nací. Cometí el error de entender a los demás, escuchar, comprender, buscar respuestas, ofrecer la otra mejilla. Una mentira señor. Al entender que somos descartables, repuestos de corto plazo, logré abrir la trampa. Mandé todo a la mierda , cerré los ojos, pegué un portazo y  fui en busca de mi estado natural. Quería convertirme en un animal. Cazar para vivir. ¿Usted no creerá que los ciervos tienen sentimientos? Yo no lo creo. Soy un cazador señor. En el momento de apretar el gatillo no hay emociones ante la presa. Bien, soy un cazador las veinticuatro horas del día. Usted debería pensar un poquito más, ahora no estaría llorisqueando como una niña. Llora por la vida que deja, llora porque piensa que sus familiares van a sufrir. Señor, en poco tiempo usted ni siquiera será un recuerdo. La humanidad sobrevivió a la muerte y usted no será la excepción.

Sabe cuál fue su error, decirme que tenía esperanza. ¿Era necesaria la hipocresía, usted sabía que era imposible? Quiso darme falsas esperanzas doctor, así le gusta que lo llame, suena bien ante los mediocres, qué poderoso  debe sentirse ante una madre desesperada que le ruega por su hijo moribundo. Son tan arrogantes, piensan que son irremplazables. Estúpidos, adormecieron el dolor, la gente se muere igual. Lo mismo sucede con los abogados, son unos canallas. Recuerdo al cuervo que defendió a Faravelli  El Flaco se había despachado a un político importante. La cosa venía jodida y la perpetua era una opción posible. En la celda el abogado le dijo que su vida dependía de él. Faravelli lo agarró del cuello y lo levantó un metro del piso.”  Si yo no hubiera tenido las bolas suficientes para matar a ese miserable usted no cobraría honorarios, sí ahogo un poco más su cuello, otro colega tendrá laburo” Ve doctor, usted no es único. Sabía perfectamente que la enfermedad era drástica. Si usted me decía “vas a reventar como un sapo en poco tiempo” yo lo hubiera felicitado. Me tuvo lástima, la misma lástima que ahora tiene por perder su vida. Lo tendría que haber ejecutado esa misma tarde. Pero soy un cazador y una presa no se me escapa dos veces. Los de arriba me dijeron que tenía que liquidar a un tipo que robaba medicamentos. Nunca pensé que sería usted. Se da cuenta, lo voy a matar por ser doblemente hijo de puta. Quiero ver como se mea encima, como siente miedo a la muerte que usted cautiva. ¿Cómo se cura eso?

-¡Por favor no me mate!  ¡Por favor tiene que existir una manera!

Mirá que ruegos tan vergonzosos, ni siquiera me tuteas. Más balas te voy a meter. Pará de llorar como un maricón. ¿No podés ser más original? Sí me odiás. Decime, si te suelto ahora y te doy mi arma ¿qué harías? Decime la verdad pelotudo o te cruzo los ojos. Dale, tomá un poco de agua y pensá bien lo que vas a decir. Yo me acomodo en el sillón justo frente a vos. Hace rato que no veo una buena obra. Si no te molesta me sirvo un whisky y espero tu monólogo. Intentá ser convincente. Quiero escuchar tu deseo. La escena (como hacen los médicos) es para alargar tu agonía. Pero me quiero divertir, dale, hablá de una buena vez.

 

– Sé que a esta altura suena poco creíble, pero tiene que creerme. Lo que voy a decir no lo hago para salvar mi vida, estoy jugado y sé que me va a matar igual. No le dije que su cuadro era irreversible porque pensé que el tratamiento era seguro. Son pocos los casos, es verdad, pero hay un pequeño porcentaje que funciona. Juro que podía salvarlo. Y ahora viene lo más gracioso, le pido que no dispare todavía. Los remedios que robé eran para usted y otros pacientes. Hay problemas con las entregas y en el país no se consiguen esos medicamentos. Se lo iba a decir cuando entró a mi consultorio,  me pegó en la cabeza y desperté en este lugar.

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Perdoná, pero no podía parar de reírme, me hiciste descostillar de la risa. Hasta vos te reíste.  Un Robín Hood de la medicina .El héroe que roba por los enfermos terminales. Mirá que escuché chamuyos en mi vida, pero éste es pintoresco. Te pedí que fueras auténtico, ni siquiera sos capaz de convertirte en un cazador a último momento. Te di la posibilidad de putearme, de gritarme que soy una porquería y me salís con semejante mariconeada. Entendés porque no creo en nadie. Sos un cagón y me aburrí de estar sentado. Nunca nadie hizo nada por mí. No sirvió de nada nuestra charla. Pedí un último deseo. Dejá de llorar. ¿Qué deseo? ¿La carpeta celeste?  Dejá de mentir. ¿Los nombres? ¿Qué haga qué cosa? Chau boludo.

 

Limpié el lugar. Llamé por teléfono para avisar que el trabajo había terminado. ¿Y su deseo? Me dejó pensando el finado. Tenía las llaves del consultorio. ¿ Qué quiso decir con su deseo? Busqué en todos los cajones hasta encontrar una carpeta celeste. Allí figuraba la partida robada. Cada medicamento tenía un nombre asignado. En la última hoja ni nombre estaba sepultado por un sticker amarillo “ paciente grave”.  Había 97 nombres con la leyenda ” paciente grave”.  Su deseo, el más auténtico (a la altura de Faravelli) y no lo escuché. Hacía tiempo que no escuchaba a las personas. Mi ansiedad fue más rápida que la bala. Su deseo: “Matá a los 97 hijos de puta, por culpa de ellos ahora me reventás”

 

Maté a la persona equivocada. Tengo que terminar un laburo. Me va a llevar tiempo y es lo que no me sobra .Yo estoy en esa lista y soy el último. Quiero ganarle a la enfermedad.

 

JORGE REBOREDO

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Todo el mundo tiene un trabajo y jamás he juzgado a una persona por su trabajo. Si no trabajamos para “otros”  no comemos; y si esos “otros” no comen, serían los dueños de millones de esclavos. ¿ Qué es peor ? Todo es una mierda, ya lo sé. Pero la cuestión es el trabajo. En la cena de Gala todos se callaron cuando dije a qué me dedicaba. ¿Qué esperaban? Alguien lo tiene que hacer. Debo reconocer que también me quedé sin habla ante el silencio. No necesitaba justificar nada. Gala tampoco lo sabía y jamás me lo había preguntado. Éramos amantes ocasionales y muy poco nos interesaban los temas profundos. Yo tampoco sé de que trabaja Gala. Pues bien, todos se quedaron callados cuando dije mi profesión. Pasaron  diez minutos de silencio. Como nadie hablaba tomé el tiempo en mi reloj. El silencio incomoda pero no pretendía hablar. La primera persona que dijo algo fue un amigo de Gala, un accionista de la bolsa porteña. Toda su compostura era la de un hombre conservador y estructurado. Mordió la punta de un cigarro y escupió el tabaco a un costado. Todos seguimos el recorrido del escupitajo. Se pasó la mano por el cuello y se estiró en la silla. Tuvo que actuar para decir lo que dijo.

 

– Disculpe, ¿no le da culpa?

 

Nunca había pensado en la culpa, solo hacía mi trabajo.

 

– La verdad nunca pensé en ese sentimiento.

 

El accionista se sirvió vino en su copa vacía. Necesitaba tomar fuerza para atacar otra vez. Gala intervino e interrumpió la segunda pregunta de su amigo.

 

– Nunca me dijiste nada, es un asco, no puedo entender cómo me acuesto con vos.

 

Fue la única vez que las miradas se posaran en Gala. La revelación de mi trabajo no la dejó pensar y soltó su bronca. Sus amigos la miraron  sorprendidos y Gala no pudo ocultar su cara rojiza. Tomó una colita para el pelo y se hizo un rodete, luego simuló varios estornudos, se deshizo de su cola de caballo, otra vez estornudó, se rascaba la mejilla. Como todos la seguían mirando, no tuvo más remedio que acudir a su amigo.

 

– Calo, perdoná la interrupción, qué le ibas a preguntar  a mi amigo.

 

Ahora las miradas volvieron hacia mí. Calo exhaló una profunda pitada y disparó su segunda pregunta.

 

– ¿Eso está permitido?

 

Sentí la necesidad de levantarme y darle una cachetada pero me contuve. Creo que adivinó mi intención porque tragó humo y empezó a toser. Una mujer (artista plástica) le golpeó la espalda varias veces. Cuando por fin dejó de estornudar hizo un gesto con su mano para que respondiera.

 

– La verdad nunca lo pensé, supongo que está permitido. Cobró en blanco, tengo aportes a la jubilación, me descuentan impuestos.

 

Ante la respuesta aprecié que la tensión aumentaba. No podían entender mi trabajo. La artista plástica hizo unos movimientos extraños con sus dedos (imaginó que dibujaba un cuadro) y sin mirarme a los ojos me preguntó:

 

– Yo nunca escuché que existiera un trabajo así, no puede ser, no está permitido.

 

No tuve más remedio que expulsar una aplanadora carcajada. Fue tan extensa, que le siguió otra y otra. El resto de los comensales se tentaron y comenzaron a reír como locos. No podía entender como pasaban de la estupefacción a la risa. Era increíble cómo se deformaban sus rostros. Me acordé de la novela de Umberto Eco, “El nombre de la rosa”. Los clérigos del monasterio les decían a sus estudiantes que la risa deformaba la cara, por eso era tan importante el silencio. Nunca estuve de acuerdo con los extremos católicos, sí en ese instante. Gala se había convertido en un objeto vulgar. No podía soportar como contorsionaba su cuerpo. Inconscientemente se movía de la misma forma que hacía el amor. La artista plástica dotada de dos enormes pezones era un cuadro cubista. Sus tetas se movían como dos tambores uruguayos. Agachaba tanto la cabeza para reírse que se mezclaban las partes de su cuerpo. Calo era desagradable. Mantenía la postura moderada , pero se le veía comida en los dientes. Y sobre todo la profundidad de su garganta: era una oscuridad aterradora.

 

Yo no sé cuál era mi apariencia. Dejé de reír porque me dolía el estómago. Todos nos servimos vino y estuvimos unos cuantos minutos en silencio.

 

Ya que nadie pretendía retomar la conversación, saqué mi billetera del pantalón. Busqué la tarjeta que acreditaba mi trabajo. Solo tenía una. La dejé en el medio de la mesa. Gala fue la primera en leerla. Se la pasó a la artista plástica. Ésta la examinó como si tuviera entre sus manos un pájaro en extinción. Con desdén se la pasó a Calo. Leyó lo que decía en el traspaso de la artista plástica y dejó que se hundiera en la mesa. La miró con asombro y me formuló otra pregunta.

 

– ¿Existe un sola forma? Quiero decir el método siempre es el mismo, lo elige el cliente.

 

Entendía perfectamente hacía adónde apuntaba. No lo dejé que balbuceara más

 

– Cada persona decide como quiere morir. Cada persona es dueña de su destino. No entiendo por qué se sorprenden . Los cuatro sabemos que la vida es una verdadera mierda, pues bien, hay personas que no pueden soportar toda la existencia.  Si no me equivoco eso se llama el libre albedrío. Deciden que no quieren vivir más porque este mundo no tiene nada para ofrecerles. ¿Por qué se asombran? ¿Acaso cuando dejamos de amar, no es porque la otra persona no tiene nada que ofrecernos? Esto es lo mismo. No hay un contrato que diga que uno debe vivir hasta que el corazón quiera. Y no me vengan con las leyes para ordenar la sociedad.

 

Gala, casi horrorizada, levantó la mano como un niño escolar para hacerme una pregunta. Accedí con educación.

 

– ¿Supongo que las personas suicidas deben ser enfermos terminales?

 

– Muy buena tu apreciación querida Gala, pero es incorrecta. Todos son saludables, fuertes y bien alimentados. La mayoría no tiene percances económicos y mantienen a familias numerosas. En los años que llevo trabajando jamás vino una persona con una enfermedad terminal. Simplemente son personas vacías que se cansaron de tener una cáscara llamada cuerpo , eligen cuándo y cómo morir.

 

La artista plástica levantó su mano. Le pedí con el dedo índice en mi boca que me dejara terminar con la exposición.

 

– Por eso no entiendo por qué se han impresionado tanto. Hay mucha ignorancia e hipocresía al respecto. ¿Sí cuál era tu pregunta?

 

La artista plástica sin controlar su ansiedad me dio las gracias y preguntó:

 

– Los métodos son armas, cuchillos, pastillas…

 

– Los que quiera el paciente. El paciente decide que método será menos doloroso.

 

– ¿Está permitido la presencia de un sacerdote? – preguntó Gala.

 

– Por supuesto, hasta ahora no han venido muchos, es obvia la razón. Sin embargo hay un sacerdote recurrente , sus clientes son los millonarios de Buenos Aires.

 

Calo se levantó de la silla. No soportaba más la charla. Nos pidió que lo perdonáramos.

 

Dijo que no podía entender como yo podía trabajar de “verdugo” de suicidas. Él estaba seguro que era algo ilegal. Su creencia religiosa no le permitía seguir escuchando tantas blasfemias. Se había reído por los nervios. Yo lo miraba muy tranquilo tomando vino. No me dio la mano. Besó a la artista plástica y luego Gala lo acompañó hasta la puerta. Gala regresó al comedor y nos miró sin saber que decir, por eso dijo una terrible estupidez.

 

– ¿Quieren helado?

 

– Siiiii- Dijo la artista plástica

 

– De sambayón por favor- le dije a Gala.

 

Lo único que pensé en ese momento es lo que no vi en la mesa. Mi tarjeta no estaba. Le pregunté a Gala y a la artista plástica si la tenían. Lo negaron.

 

¿Cuánto tiempo tardaría en sonar mi teléfono celular?

 

Esa noche soñé que la garganta oscura de Calo me devoraba .Un número desconocido me despertó a las cuatro de la mañana.

 

 

 

JORGE REBOREDO

 

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Sentía nervios en todo su cuerpo y las manos le sudaban. Algo no estaba bien. Era su último trabajo y sin embargo no estaba tranquilo. Moreira encendió un cigarrillo negro y echó un vistazo a la ventana abierta que daba al pulmón del edificio. Creyó que su vida se iba por ese agujero. Las bocanadas de humo lo guiaron hacia el afuera. Se distrajo con los senos de una vecina. No la conocía,  pero podía identificar esas enormes tetas en cualquier lugar. El contraste con el cielo no era mejor, una sombra tormentosa se filtraba por el hueco de la terraza.

Con el cigarrillo en los labios sacó el arma de la funda. Girándola con el dedo índice advirtió que el tambor estaba vacío. Recordó, que guardaba la bala de plata en el bolsillo del saco gris, colgado en la silla.  El último trabajo siempre era con una bala de plata. Apuntó a un murciélago oculto en un tragaluz y oprimió el gatillo. El sonido sin estruendo le recordó su vacio. Ocultó el arma debajo de la almohada y buscó una botella de whisky.

Dejó una bolsa con ropa sucia sobre la mesa que sería retirada por Helena, la mujer de la limpieza. Ella tenía la llave del departamento y  no debía molestar a Diego Moreira mientras dormía.  No ver, no preguntar, era el trato que debía cumplir con el hombre que le pagaba un buen salario.

Se sirvió el primer trago y brindó con la vista de las tetas. Buscó en el bolsillo del pantalón la dirección de la casa y gruñó al ver que debía atravesar la ciudad. Estaba viejo para el trabajo. Otra vez sintió miedo. El vaso temblaba en su mano.Acarició la pistola debajo de la almohada  y rogó escuchar el despertador a las cuatro de la tarde.

Entre el sueño y la borrachera vio la imagen difusa de Helena en la habitación. No tuvo fuerzas para saludarla y cerró los ojos. Soñó con el rostro de la víctima suplicándole piedad.

 

A la empleada de la tintorería le daban curiosidad los rostros de las personas. La rutina la llevaba a imaginar los secretos en las miradas. Pensó que la mujer del saco gris sería una ama de casa con cuatro hijos y un marido. El esposo tenía una reunión importante en la empresa y necesitaba el saco limpio.

María necesitaba crear historias diferentes para evadir la suya. En su casa no la esperaban hijos ni un marido, sí su padre alcohólico. Lo encontraría tirado en el piso lamentándose por el dinero perdido en las carreras. Limpiaría sus vómitos y lo obligaría a bañarse. Por la tarde visitaría la iglesia a rezar el santo rosario con la compañía de cinco ancianas. ¿Para qué? ¿A quién salvaba? ¿El mundo rezaba por ella?

Hurgando los bolsillos del saco encontró un objeto frío. Una bala de plata. No pudo evitar los malos pensamientos contra su padre. Dejó la bala junto a la caja registradora y recordó  la vuelta a su casa. Pensó en cambiar su propia historia ¿Ella no lo hacía con personas desconocidas? Metió su mano debajo de la remera y agarró el rosario que usaba de niña. Lo miró unos segundos y entendió que ya no lo necesitaba. Arrancó la cruz. Tomó la bala y con los hilos sobrantes la anudó. Se sentía mejor. Necesitaba que su padre viera a su nuevo Dios. El reloj le anunciaba la hora del descenso por las escaleras del subte.

 

Rudy, así lo llamaban sus conocidos, bajó por las escaleras del subte B en Malabia. Cargaba la mochila en el torso y escuchaba música en unos auriculares blancos. Detestaba el hedor que emanaba de la gente. La tarde debajo de la tierra no era recomendable para su olfato. Acompañó a la masa humana que se dirigía a la estación 9 de Julio. Las personas que esperaban en el andén lo empujaron hasta unas de las puertas, quedando cautivo en el medio del vagón. El calor insufrible y el mal aliento de un señor con bigotes lo torturaron. Se dio vuelta y un hombre repulsivo lo mortificó con sus axilas sudorosas. En la siguiente estación buscó una persona pulcra. Siempre prefería a las mujeres, (pensaba que eran más limpias) aunque si olían mal la desilusión era mayor, no aceptaba que una mujer linda pudiera apestar. Se apoyó en un respaldo, al lado de una chica que llevaba una bala de plata en un collar. Aspiró a su alrededor y sintió un agradable aroma a lavanda. María se dio cuenta de la presencia de Rudy pero lo ignoró, pensaba que Buenos Aires estaba contaminada de pervertidos.

En la estación siguiente los pasajeros forcejeaban en el coche de al lado. Rudy sabía que se trataba de pungas. No quiso sacarse los auriculares y observó diversos manotazos en el aire. Un ladrón se escabullía con una billetera por el medio del vagón. Dos hombres trataban de atraparlo y el resto se apartaba con miedo ya que llevaba una navaja en la mano. Se daba vuelta y amenazaba a los perseguidores mirando de reojo el cartel de la estación Abasto. Se chocó con los cuerpos de Rudy y María .Apenas se rozaron. Las puertas se abrieron y alcanzó a escapar. El silbato del maquinista detuvo la marcha del subte. Rudy advirtió que en el cuello de la chica se formaba una aureola de sangre. Se quitó los auriculares y escuchó a la joven enardecida: – el hijo de puta me robó la cadenita. Rudy sintió culpa y saltó del subte en busca del punga. ¿Le debía algo a la chica por oler bien? Al salir a la superficie lo encontró apresado por la policía. Se acercó con sigilo a percibir a qué olían el ladrón y los policías. Los oficiales le pegaban patadas en las costillas y en la boca. En el suelo estaba la billetera, la navaja y la cadenita con la bala de plata. Miró para todos lados, nadie lo miraba. Tomó la cadenita y descendió por las escaleras de subterráneo, presumiendo que la chica estaría en el mismo lugar. La buscó en el vagón y no la encontró. El silbato ordenaba reanudar el viaje. Guardó con desilusión la cadenita en su mochila. Al llegar a la estación 9 de Julio, recordó que en los pasillos existía un negocio de compra y venta de metales.

 

Moner era el dueño del local de compra y venta de metales. No conocía la luz del día en invierno ya que ingresaba a su trabajo de noche y ascendía a la superficie de noche. No lo asustó comprar una bala de plata porque la vendería  en el mercado negro. Mujeres despechadas entregaban  anillos y collares de oro,  jugadores despiadados vendían relojes y dientes de oro para salvar sus vidas. Moner sabía que los metales seguían siendo valiosos y en su casa atesoraba planchas de oro coloreadas con fibra negra. Jamás imaginó vender tan rápido una bala de plata. No tuvo tiempo de cotizarla. Un hombre con aspecto desaliñado frenó su camino y le preguntó el precio. Moner quiso sacárselo de encima diciéndole un valor exorbitante. El hombre aceptó sin protestar y sacó de su bolsillo varios billetes. El vendedor se sorprendió y no pudo evitar decir una estupidez: – ¿La llevaba para regalar? El otro ni lo miró. Con la bala en su poder respiró aliviado.Darío no le pidió el cambio al vendedor.  Al llegar a Constitución lo esperaría el último colectivo hasta su casa en Barracas. Tenía que llegar antes de las cinco y tomar el arma.

 

Las amenazas ya no eran por mensajes anónimos. Ahora lo llamaban al teléfono de su oficina recordándole que el tiempo había terminado.”Al señor Quijano no se lo engañaba y el señor Quijano no perdonaba”. Darío recordaba las palabras de su esposa:

– Son tipos jodidos, si fallás podés terminar con un tira en la cabeza. Pero era mucho dinero, demasiado. ¿Qué podía salir mal? Otros lo habían hecho sin problemas. Alguien lo delató, alguien no se bancó quedar afuera del negocio. A las cinco de la tarde lo matarían en su casa. Abrió la puerta de su vivienda y prestó atención a los automóviles que ascendían al puente Pueyrredon, era la última vez. No cerró la puerta con llave ¿para qué? Buscó en el modular un arma nueve milímetros y la cargó con la bala de plata. A pesar del miedo no se la haría fácil al matón de Quijano. Se arrellanó en un sillón de pana que daba a la puerta de entrada. En la mesa ratona apoyó una botella y un vaso de agua. Cargó el arma y la empuñó con fuerza.

 

El despertador sobresaltó a Moreira de la embriaguez. Escudriñó sin éxito las tetas de la vecina. Se aferró al arma que dormía debajo de la almohada y la colocó en el chaleco cruzado. En el baño se humedeció la cara y se guiñó un ojo. En la mesa de la cocina lo esperaba una nota de la empleada doméstica. Le dolía demasiado la cabeza para leer asuntos triviales de limpieza. Guardó la nota en el mismo bolsillo que estaba la bala. Atravesando Buenos Aires se liberaría para siempre de las órdenes de Elías Quijano.

 

Darío se comía las uñas hasta lastimar las cutículas. Se levantó del sillón y con el dedo flexionado dibujó un círculo de sangre en el centro de la puerta. Encendió el televisor para no sentirse solo: Elías Quijano era el nuevo Ministro de justicia. La botella de agua estaba vacía. Necesitaba ir al baño pero decidió aguantar. Otra vez se acomodó en el sillón y fijó la vista en el punto rojo.

 

Un verdugo del doctor Quijano lo depositó a Moreira en  la casa de la víctima. No se hablaron en todo el viaje. Para Diego Moreira,  Darío y  el asunto  de las drogas  eran datos sin importancia. El mismo malestar de la tarde lo perturbaba. Se tocó la frente y creyó tener fiebre. Nunca había tenido miedo. Faltaban dos minutos para las cinco de la tarde. Iba a patear la puerta, pero el sonido del televisor (la voz de su jefe en una conferencia)  lo confió a colocar la mano en el picaporte. La puerta estaba abierta. Ahí estaba la víctima, sentado en un sillón blanco y con revólver nueve milímetros. ¿Por qué se atrevía a enfrentarlo?  Nadie escapaba del Ministro Quijano. Darío levantó el arma. Moreira ahora entendía sus premoniciones. Era demasiado tarde. Con desgano metió su mano en el saco y buscó la bala de plata. No estaba. Si encontró la nota de su empleada domestica: – “Señor, llevo el saco gris a la tintorería. Le saqué del placar otro parecido y lo dejé en la silla. La comida está en la heladera. Saludos Helena”. Una gota de transpiración cayó de su frente en la H. Levantó la vista y no pronunció palabra. Su víctima estaba lista para gatillar. Cerró los ojos y escuchó el disparo.

 

Le llamo la atención una expresión burlona en el cadáver. Levantó del piso el casquillo de la bala, lo conocía. No pudo evitar sonreír. Apagó el televisor para siempre y buscó las llaves de la casa. Afuera lo esperaban. En la esquina las luces largas del auto lo señalaron. Moreira pensó en la bala de plata y en el rostro contraído de Darío al pegarse un tiro en la sien.

 

JORGE REBOREDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL 911

Manon149g

Entramos a la pizzeria de la calle San Martín. Mar del Plata se desconoce en el espejo con tantos turistas. Ella abre la puerta y yo la sigo. El olor a mozzarella me recuerda que tengo hambre. El lugar está repleto de comensales. Elije una mesa al lado de la ventana. Me siento enfrente y se toma la cabeza. No entiendo su malhumor constante. En el momento que voy a decirle que es una histérica me da  vuelta la cara para llamar al mozo.

-Un café mozo –  ignorándome.

– Para mí una chica de mozarella y una coca.

Nos quedamos en silencio. Me mira con lástima. Le quiero decir que no necesito su compasión pero habla primero:

-¿No te cansás de hacer siempre lo mismo?

Acepto que me he convertido en una persona individualista pero no merezco su trato incordioso.

– ¿Y vos no te cansás de tu mal humor?

– ¿No te das cuenta que sos un pesado? – me dice elevando el tono de voz.

– ¡Y vos una nerviosa!

– No lo puedo creer, no te das cuenta la paciencia que tengo.

– Mirá, mi paciencia tiene un límite también- le reprocho y ella se calla.

Se da vuelta buscando al mozo. Como no lo encuentra busca plata en su cartera. Estoy seguro que va a pagar el café y se va ir. Deja un billete de cincuenta pesos en la mesa y antes de levantarse se detiene por algo. Se acomoda en la silla y mira hacia la puerta de entrada. Sigo su mirada y veo a un tipo parado en la esquina. No soy prejuicioso para nada pero tiene una cara de chorro terrible. Una gorra le cubre la mitad del rostro.

– ¡No pasa nada, quedate tranquila!- la calmo empujando mi mano hacia abajo.

El mozo trae el café, la pizza y la coca. Ella no le da el dinero, el mozo me sirve la gaseosa y sigue su mirada. Se queda petrificado con el tipo que está parado en la esquina.

– ¿Lindo el mono, no?- le digo al mozo que también me ignora.

Me quedo tranquilo porque el tipo es feo. Debo reconocer que soy bastante celoso. El mozo camina hacia la caja registradora y le señala la entrada a la cajera. La mujer se coloca los anteojos y se suma a las miradas. Como si fuera un tic nervioso colectivo, la pareja de al lado hace lo mismo. En menos de cinco minutos todos  miran al hombre de la esquina.

El tipo se da cuenta y se sorprende. Ojea a los costados para ver si las miradas son para él. Mis sospechas son certeras. Es un ladrón y está esperando a los secuaces para entrar a afanar. Todos están paralizados. Saben que es un chorro pero no hacen nada. Soy rápido de reflejos y busco mi celular. Nunca tengo crédito. Por suerte puedo hacer llamadas de urgencia. Marco el 911 y me atiende una voz joven. Le digo lo que está pasando. “Enseguida mandan un patrullero” me dice la voz.

A los diez minutos aparece un patrullero de la bonaerense. El diarero se la ve venir (también miraba al tipo de la esquina) y cierra el puesto. Se bajan dos policías impresentables. Sus panzas deformadas no soportan los botones de las camisas. A uno se  le ve el ombligo. Se acercan al tipo de la esquina y lo rodean. Intercambian algunas palabras. Las miradas siguen. El tipo de la esquina empieza a sonreír. ¿Los canas son cómplices del chorro? No entiendo lo que está pasando.

Los  policías entran a la pizzeria y nos miran a todos con ojos homicidas. El más grandote es el primero en hablar.

¿Quién llamó al 911? – dice en un grito, colocándose la mano al costado de la boca para que funcione como parlante.

Silencio.

– Otra vez, ¿quién llamó al 911?- ahora es el más bajito el que pregunta con una voz aflautada. Es una voz tan suave que irrita. No entiendo cómo puede gritar “Arriba las manos carajo” con un sonido tan frágil.

Hay risas en el bar.

De costado veo que se extiende un brazo, una mano y una uña roja. Es ella que me señala.

-¡Buchona de mierda!

El cana grandote se quita la gorra para secarse la transpiración. Con el dedo índice dice que me acerque. La miro a ella con odio.

– Vení pibe, vení que tenemos que hablar.

El cana de voz aflautada le pide a una pareja que se retire de la mesa. Como si lo acompañara el sonido de una cajita musical les dice:

– ¡Necesitamos despejar la zona!

Otra vez las risas.

Me acerco con preocupación. Todos dejaron de mirar al tipo de la esquina. Éste se da cuenta y se relaja prendiendo un pucho.

– Sentate pibe- me dice el grandote

– ¿Querés tomar algo?- dice el de la voz aflautada.

–  ¿Un flancito con crema puede ser?- pido sin vergüenza.

– Un flancito con crema para la mesa- dice el de la voz aflautada.

Se escuchan risas.

El policía grandote se restriega las manos y parecer meditar sus palabras. Sus manos son muy grandes. No quiero pensar que trabajos habrá hecho con esas manos. Estoy convencido que hay partes del cuerpo que nos delatan.

– Pibe, ¿vos viste la cara de ese muchacho?, a vos te parece llamar al 911 porque no te gusta la cara de una persona.

– No es tan así, yo no dije que no me gustara su cara, nadie tiene derecho a pensar de esa manera.

– Mirá pibe, si fueran por las caras, nosotros tendríamos que detener gente cada dos minutos. Vos tenés que tener certezas. Nos agarraste en el momento de la cena por esta pelotudez.

– Oficial, no era mi intención que ustedes se quedaran sin comer, acá me conocen, puedo pedir una pizza para los dos.

– No se trata de comer- dice el de la voz aflautada.

Otra vez se escuchan risas. El cana se levanta enojado y grita con rabia:

– ¡Ya baaasta, todos tenemos defectos!

Solo se escucha el noticiero del televisor. Veo que tiene lágrimas y le doy un pañuelito.

El mozo trae el flancito con crema y el grandote le indica que es para mí. Saboreo el flancito mientras ellos me miran. No saben que decirme. Termino el flan y corto el silencio.

– Bueno, pensé que era un chorro, inseguridad,¿les dice algo eso?

– No pibe, la gente no es tan mala como parece, en la calle hay más gente honesta que chorros.

No puedo creer su comentario progresista y lo dejo que continúe.

– La historia nos enseñó que hay que respetar al prójimo. Somos todos hermanos de Dios y si es necesario hay que ponerle la otra mejilla a las cachetadas de la vida.

– ¡Interesante!-  le digo sorprendido y escucho al policía de la voz aflautada que continúa el concepto.

– Tenemos que dejar de juzgarnos a nosotros mismos. Solo el amor nos puede salvar. Nosotros en la comisaría estamos implementando cambios muy interesantes. Cambiamos un golpe de cachiporra por un abrazo, una patada por un consejo, la picana por un beso. Los detenidos entienden el mensaje y salen a la calle purificados.

No sé qué pensar de los policías de la bonaerense. Tampoco lo que está ocurriendo a mi alrededor. Los comensales se van retirando de la pizzería. Salen y miran por última vez al hombre de la esquina. Ella sale con una sonrisa. Me deja plata para pagar la pizza y la coca. Los policías siguen predicando el amor al prójimo mientras las luces se van apagando. Se van los mozos. Solo queda la mujer de la caja registradora. Le deja las llaves a los policías y les pide que cierren bien el candado. Afuera sigue el sospechoso.

Me siento algo incómodo.

– Bueno pibe, era hora de que hablemos en serio, mejor dicho qué alguien te hable en serio- dice el grandote.

– Nosotros nos tenemos que ir, pero hay alguien que quiere hablar con vos – dice el de la voz aflautada.

-Pibe, no te la ibas a llevar de arriba- dice el grandote y descreo de sus anteriores palabras amorosas.

-Mirá, necesitás un chachá en la cola.  Ahora nos vamos a ir afuera y el señor “sospechoso” va a entrar, tiene muchas cosas para decirte-  agrega el de la voz aflautada.

– No por favor señor policía, no se vaya, con el señor de afuera no, ustedes me tienen que cuidar – me agarro a los pantalones del más grandote que se levanta para irse.

– No pibe, no pasa nada, nosotros esperamos afuera- me saca la mano del pantalón y se coloca la gorra.

Veo como los dos se retiran. Solamente hay luz en mi mesa. La puerta se abre despacio. Entra el sospechoso con pasos lentos. Nunca sentí tanto miedo. Intento levantarme pero no puedo ir a ningún lado, todo es oscuridad.

El sospechoso se sienta en la silla del hombre grandote. Busca algo en la cintura. Estoy seguro que es un revólver. Sé que me va a matar por llamar al 911. Saca un paquete de galletitas Manón y me convida una. Me contraigo por una puntada en el pecho. Es como el dolor de una bala.

– Muchas gracias señor- le digo sin mirarlo.

– ¿Señor?, boludo, desde cuándo me llamás señor- me dice con tono burlón.

Quisiera desaparecer para no escucharlo. Su charla será larga y ceremoniosa. Me dice la verdad. Lo que más me duele (mientras comienza a retarme) es que la gente te mira a través de otras personas. Para mirarme a mí, necesitan mirar al tipo de afuera. Ninguno tiene las bolas necesarias de mirarme a los ojos y decirme lo que piensa. Todos buscan que el tipo me saque del bar. Lo terrible es que ni siquiera miran tu locura. No puedo ser el protagonista de mi propia demencia.

– Agradecé que esa pobre mina no te denuncia, le rompés las bolas todas las noches.

Cada palabra de mi hermano es un tiro. Ya no tengo lugar en el cuerpo para tantos disparos.

–  Mamá está como loca buscándote por el barrio, comé otra galletita y vamos yendo despacito…

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 JORGE REBOREDO

PASTILLAS

pastillas-para-dormir

 

 

Crucificados por las pastillas
que permiten morir en un sueño
resurrección con pastillas
que logran simular un vuelo.

Lujuria por las pastillas
que consienten un gozo embustero
relajación con pastillas
que sosiegan el corazón enfermo.

Excitación por las pastillas
que permiten un baile sin movimientos
excusas con más pastillas
para mitigar el dolor del tiempo.

El recuerdo es el olvido
y el espejo un simulacro
nos recetan una píldora
para borrar pastillas infinitas.

JORGE REBOREDO

PARA ENTENDER MEJOR LA OBRA , LES RECOMIENDO LEER  , ESCUCHAR LA CANCIÓN QUE SIGUE Y MIRAR LOS DIBUJOS DE LUCAS MONTEDÓNICO.

 

 

La condena en una prisión es un tormento. El hombre paga su desviación en una oscura celda. Es consciente que robó o asesinó y con resignación espera la libertad, que llega con la vejez del preso.

Es cuestionable la penitencia. No se sabe qué clase de reforma se provoca en el cautivo. Se encierra la intención de matar, pero no la causa. Afuera, sin condena, siempre queda la causa.

Por supuesto que mi interpretación es cuestionable. Lo que no tiene explicación es mi condena. Aceptaría el encierro si me explicaran la razón. No sé qué hice y nadie me ha juzgado. Siento el dolor inicial de los locos: el de saberse locos. Pues bien, sé que estoy condenado. La soledad es perpetua. Mis compañeros de celda tampoco saben que ocurre. Evitan hablarme. Yo hago lo mismo. Repetimos siempre las mismas palabras.

He pensado en la muerte, pero no sé cómo llegar a ella. Estoy congelado, extraño el sol. Cada vez que el guardia nos despierta siento que puede llegar la liberación. Me apunta con su arma. Espero el tiro que me libere de lo inexplicable. Nunca llega. Solo veo múltiples imágenes, retratos de personas viviendo sus vidas. De algo estoy seguro, el castigo es desear la realidad. La tortura es asimilar que afuera podríamos repetir esas vidas.

Puedo ver a un hombre que ve . Está sentado en la cima de un acantilado. Lleva auriculares en la sien y cubre sus ojos con anteojos negros. Usa bigote y el pelo largo. Mira la playa hundida en el acantilado. En ella las personas se mueven como en un tablero de ajedrez.

Un hombre se acerca a una mujer y trata de seducirla. Ella parece tonta y él trata de conquistarla con una manzana. Me causa gracia la historia. El tiempo condenó a la mujer con la manzana del pecado. Miro a mis compañeros para que vean lo que sucede. Me dan la espalda. Ignoran mis intenciones. No quieren ver. Yo miro por ellos.

El hombre se aburre de la playa, también de los enamorados. Me gustaría saber que música escucha. La luna abre sus ojos. Eso significa la aparición del guardia con su arma. Dispara.Todo es quietud.

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Ojalá pudiera pensar que tuve un buen sueño. Me gustaría desentrañar una pesadilla. No puedo dormir. Mis compañeros tampoco. Soy como un hombre que muere y es enterrado en un ataúd bajo tierra .Al abrir los ojos es atravesado por la oscuridad. Siente desesperación ante el lugar desconocido. No puede, ni quiere hacer nada. No grita, no se mueve. Solo está ahí.

La cesión de tortura empezó con otro guardia. Luego del disparo aparecieron personas caminando hacia un lugar que desconozco. Huyen de algo. Todos deambulan con los ojos cerrados. No se tropiezan, se dejan llevar. Se une a ellos el hombre con anteojos negros y los auriculares. ¿Qué música escucha? En sus rostros de hartazgo puedo ver que son sobrevivientes. No sé bien de qué. ¿De una guerra? ¿De un desastre? ¿De un destino?  Huyen buscando lo incierto. Quiero gritar y pedirles que me lleven. Cerrar los ojos y escapar del encierro eterno.

¿Dios, soy tu creación? Necesito una respuesta. Tu silencio es ensordecedor.

Cae la noche. Otro disparo.

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Me despierto con la aparición de un faquir. Su pobreza es indiferente al mundo. A la gente le interesa su desnudez. Aparece el hombre de anteojos negros. ¿Qué música escucha? Desde un faro luminoso, como si fuera un ángel vigía, lo observa.

El faquir se clava agujas en su cuerpo. De sus heridas emergen manantiales de lágrimas. El dolor lo veo en sus ojos. Las personas desaparecen, no soportan el sufrimiento ajeno. Me pregunto  a dónde está la sangre. Tal vez pienso demasiado y veo lo que quiero ver.

El faquir termina su martirio y se marcha. Queda su sombra que no lo acompaña. El hombre de anteojos negros se acerca y tantea la figura oscura. Sus manos se llenan de sangre. Su asombro es el mío. Por primera vez se quita los anteojos. Nos miramos. Algo me quiere decir. El guardia se interpone. Estoy crucificado.

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Un niño toca un violín. La gente le deja limosna en el estuche. Aparece el hombre de anteojos negros. Se quita por primera vez los auriculares y le pide una melodía. Ambos sonríen. Me doy cuenta de algo: el hombre tiene el bigote de dos colores. El pequeño ejecuta la canción y él canta. La letra habla del fin, el fin de una comedia americana, el fin del infinito en el cine.

El hombre lleva su mano al bolsillo del pantalón. Muestra un espejo. Yo esperaba monedas. El niño me guiña un ojo y lo toma. Guía el espejo a mi celda. Aparece mi rostro. El pasado aparece. Lloro frente al espejo.

No recordaba mi apariencia en blanco y negro; tampoco el traje y un tablero de ajedrez. Sigue la melodía: Hollywood ya no me necesita.

Aparece el guardia y les dice a los músicos:

-¡Qué actor era Humphrey Bogart! Ellos asienten lo dicho. Me despido de mis compañeros. Casablanca ya no me necesita.

El guardia saca el arma por última vez. Sé que es el fin y tengo que volver al sol.

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FIN JORGE REBOREDO